martes, 13 de febrero de 2018

Mensaje del Papa Francisco Cuaresma 2018

 

«Al crecer la maldad, se enfriará el amor en la mayoría» (Mt 24,12)

Queridos hermanos y hermanas:
 
Una vez más nos sale al encuentro la Pascua del Señor. Para prepararnos a recibirla, la Providencia de Dios nos ofrece cada año la Cuaresma, «signo sacramental de nuestra conversión»[1], que anuncia y realiza la posibilidad de volver al Señor con todo el corazón y con toda la vida.
Como todos los años, con este mensaje deseo ayudar a toda la Iglesia a vivir con gozo y con verdad este tiempo de gracia; y lo hago inspirándome en una expresión de Jesús en el Evangelio de Mateo: «Al crecer la maldad, se enfriará el amor en la mayoría» (24,12).
Esta frase se encuentra en el discurso que habla del fin de los tiempos y que está ambientado en Jerusalén, en el Monte de los Olivos, precisamente allí donde tendrá comienzo la pasión del Señor. Jesús, respondiendo a una pregunta de sus discípulos, anuncia una gran tribulación y describe la situación en la que podría encontrarse la comunidad de los fieles: frente a acontecimientos dolorosos, algunos falsos profetas engañarán a mucha gente hasta amenazar con apagar la caridad en los corazones, que es el centro de todo el Evangelio.
 
Los falsos profetas
Escuchemos este pasaje y preguntémonos: ¿qué formas asumen los falsos profetas?
Son como «encantadores de serpientes», o sea, se aprovechan de las emociones humanas para esclavizar a las personas y llevarlas adonde ellos quieren. Cuántos hijos de Dios se dejan fascinar por las lisonjas de un placer momentáneo, al que se le confunde con la felicidad. Cuántos hombres y mujeres viven como encantados por la ilusión del dinero, que los hace en realidad esclavos del lucro o de intereses mezquinos. Cuántos viven pensando que se bastan a sí mismos y caen presa de la soledad.
Otros falsos profetas son esos «charlatanes» que ofrecen soluciones sencillas e inmediatas para los sufrimientos, remedios que sin embargo resultan ser completamente inútiles: cuántos son los jóvenes a los que se les ofrece el falso remedio de la droga, de unas relaciones de «usar y tirar», de ganancias fáciles pero deshonestas. Cuántos se dejan cautivar por una vida completamente virtual, en que las relaciones parecen más sencillas y rápidas pero que después resultan dramáticamente sin sentido. Estos estafadores no sólo ofrecen cosas sin valor sino que quitan lo más valioso, como la dignidad, la libertad y la capacidad de amar. Es el engaño de la vanidad, que nos lleva a pavonearnos… haciéndonos caer en el ridículo; y el ridículo no tiene vuelta atrás. No es una sorpresa: desde siempre el demonio, que es «mentiroso y padre de la mentira» (Jn 8,44), presenta el mal como bien y lo falso como verdadero, para confundir el corazón del hombre. Cada uno de nosotros, por tanto, está llamado a discernir y a examinar en su corazón si se siente amenazado por las mentiras de estos falsos profetas. Tenemos que aprender a no quedarnos en un nivel inmediato, superficial, sino a reconocer qué cosas son las que dejan en nuestro interior una huella buena y más duradera, porque vienen de Dios y ciertamente sirven para nuestro bien.
 
Un corazón frío
Dante Alighieri, en su descripción del infierno, se imagina al diablo sentado en un trono de hielo[2]; su morada es el hielo del amor extinguido. Preguntémonos entonces: ¿cómo se enfría en nosotros la caridad? ¿Cuáles son las señales que nos indican que el amor corre el riesgo de apagarse en nosotros?
Lo que apaga la caridad es ante todo la avidez por el dinero, «raíz de todos los males» (1 Tm 6,10); a esta le sigue el rechazo de Dios y, por tanto, el no querer buscar consuelo en él, prefiriendo quedarnos con nuestra desolación antes que sentirnos confortados por su Palabra y sus Sacramentos[3]. Todo esto se transforma en violencia que se dirige contra aquellos que consideramos una amenaza para nuestras «certezas»: el niño por nacer, el anciano enfermo, el huésped de paso, el extranjero, así como el prójimo que no corresponde a nuestras expectativas.
También la creación es un testigo silencioso de este enfriamiento de la caridad: la tierra está envenenada a causa de los desechos arrojados por negligencia e interés; los mares, también contaminados, tienen que recubrir por desgracia los restos de tantos náufragos de las migraciones forzadas; los cielos —que en el designio de Dios cantan su gloria— se ven surcados por máquinas que hacen llover instrumentos de muerte.
El amor se enfría también en nuestras comunidades: en la Exhortación apostólica Evangelii gaudium traté de describir las señales más evidentes de esta falta de amor. estas son: la acedia egoísta, el pesimismo estéril, la tentación de aislarse y de entablar continuas guerras fratricidas, la mentalidad mundana que induce a ocuparse sólo de lo aparente, disminuyendo de este modo el entusiasmo misionero[4].
 
¿Qué podemos hacer?
Si vemos dentro de nosotros y a nuestro alrededor los signos que antes he descrito, la Iglesia, nuestra madre y maestra, además de la medicina a veces amarga de la verdad, nos ofrece en este tiempo de Cuaresma el dulce remedio de la oración, la limosna y el ayuno.
El hecho de dedicar más tiempo a la oración hace que nuestro corazón descubra las mentiras secretas con las cuales nos engañamos a nosotros mismos[5], para buscar finalmente el consuelo en Dios. Él es nuestro Padre y desea para nosotros la vida.
El ejercicio de la limosna nos libera de la avidez y nos ayuda a descubrir que el otro es mi hermano: nunca lo que tengo es sólo mío. Cuánto desearía que la limosna se convirtiera para todos en un auténtico estilo de vida. Al igual que, como cristianos, me gustaría que siguiésemos el ejemplo de los Apóstoles y viésemos en la posibilidad de compartir nuestros bienes con los demás un testimonio concreto de la comunión que vivimos en la Iglesia. A este propósito hago mía la exhortación de san Pablo, cuando invitaba a los corintios a participar en la colecta para la comunidad de Jerusalén: «Os conviene» (2 Co 8,10). Esto vale especialmente en Cuaresma, un tiempo en el que muchos organismos realizan colectas en favor de iglesias y poblaciones que pasan por dificultades. Y cuánto querría que también en nuestras relaciones cotidianas, ante cada hermano que nos pide ayuda, pensáramos que se trata de una llamada de la divina Providencia: cada limosna es una ocasión para participar en la Providencia de Dios hacia sus hijos; y si él hoy se sirve de mí para ayudar a un hermano, ¿no va a proveer también mañana a mis necesidades, él, que no se deja ganar por nadie en generosidad?[6]
El ayuno, por último, debilita nuestra violencia, nos desarma, y constituye una importante ocasión para crecer. Por una parte, nos permite experimentar lo que sienten aquellos que carecen de lo indispensable y conocen el aguijón del hambre; por otra, expresa la condición de nuestro espíritu, hambriento de bondad y sediento de la vida de Dios. El ayuno nos despierta, nos hace estar más atentos a Dios y al prójimo, inflama nuestra voluntad de obedecer a Dios, que es el único que sacia nuestra hambre.
Querría que mi voz traspasara las fronteras de la Iglesia Católica, para que llegara a todos ustedes, hombres y mujeres de buena voluntad, dispuestos a escuchar a Dios. Si se sienten afligidos como nosotros, porque en el mundo se extiende la iniquidad, si les preocupa la frialdad que paraliza el corazón y las obras, si ven que se debilita el sentido de una misma humanidad, únanse a nosotros para invocar juntos a Dios, para ayunar juntos y entregar juntos lo que podamos como ayuda para nuestros hermanos.
 
El fuego de la Pascua
Invito especialmente a los miembros de la Iglesia a emprender con celo el camino de la Cuaresma, sostenidos por la limosna, el ayuno y la oración. Si en muchos corazones a veces da la impresión de que la caridad se ha apagado, en el corazón de Dios no se apaga. Él siempre nos da una nueva oportunidad para que podamos empezar a amar de nuevo.
Una ocasión propicia será la iniciativa «24 horas para el Señor», que este año nos invita nuevamente a celebrar el Sacramento de la Reconciliación en un contexto de adoración eucarística. En el 2018 tendrá lugar el viernes 9 y el sábado 10 de marzo, inspirándose en las palabras del Salmo 130,4: «De ti procede el perdón». En cada diócesis, al menos una iglesia permanecerá abierta durante 24 horas seguidas, para permitir la oración de adoración y la confesión sacramental.
En la noche de Pascua reviviremos el sugestivo rito de encender el cirio pascual: la luz que proviene del «fuego nuevo» poco a poco disipará la oscuridad e iluminará la asamblea litúrgica. «Que la luz de Cristo, resucitado y glorioso, disipe las tinieblas de nuestro corazón y de nuestro espíritu»[7], para que todos podamos vivir la misma experiencia de los discípulos de Emaús: después de escuchar la Palabra del Señor y de alimentarnos con el Pan eucarístico nuestro corazón volverá a arder de fe, esperanza y caridad.
 
Los bendigo de todo corazón y rezo por ustedes. No se olviden de rezar por mí.

Vaticano, 1 de noviembre de 2017
Solemnidad de Todos los Santos

Francisco

sábado, 27 de enero de 2018

Eucaristía y oración en Sto. Toribio de Mogrovejo

Eucaristía en parroquias

Continuando la iniciativa que comenzamos el curso pasado, el jueves pasado (como todos los últimos jueves de mes) hemos ido a conocer una comunidad parroquial de nuestra ciudad, a compartir y celebrar con ella la Eucaristía y orar todos juntos por las vocaciones cristianas en nuestra diócesis, especialmente por las sacerdotales.
En esta ocasión visitamos la parroquia de Sto. Toribio de Mogrovejo, en el Polígono 10. En esta ocasión, se dio la alegre circunstancia de que la Iglesia entera celebrábamos la fiesta de la Conversión de San Pablo. Tras la Eucaristía, compartimos un rato de oración ante el Santísimo.Agradecemos mucho la presencia y compañía de un buen número de parroquianos, su acogida y su oración por nosotros y por los que están por llegar a nuestro Seminario. 
Para la comunidad del Seminario esta iniciativa está resultando muy gratificante y enriquecedora porque, además de conocer a las comunidades, percibimos el cariño y la consideración que las personas tienen hacia los sacerdotes y los seminaristas así como su sensibilidad ante la escasez de sacerdotes y respuestas vocacionales en nuestra diócesis. Nos ayudan a concienciarnos mejor de la responsabilidad a la que estamos llamados y a comprometernos de un modo mucho más profundo con nuestra formación y con la respuesta que damos a la llamada del Señor.




lunes, 22 de enero de 2018

Joven, decídete, ¡no se puede ser todo!

El título de estas líneas lo tomo prestado de un artículo publicado hace muchos años. El título (y el artículo, por supuesto) llegaron en un momento muy oportuno de mi vida, de hecho me ayudó a decantar opciones que me han conducido hasta aquí. Pero no voy a compartir un testimonio de mi biografía, sino a recordar en voz alta el contenido de aquella lectura y a traducirlo para nuestros días.
 Sin duda lo que más caracteriza ese largo proceso que llamamos madurar es la toma de decisiones, tener que optar. Desde los pequeños escarceos adolescentes: fumar, salir (más que salir, es entrar, porque nunca parece buena la hora de volver a casa), los amigos, la forma de vestir, enamorarse, el verano, los suspensos… todas esas pequeñas conquistas que nos van indicando que el territorio para nuestras decisiones crece.
Decisiones que cuando se producen nos parecen importantísimas, y que la perspectiva del tiempo nos muestra que no eran para tanto. Son “cosas de la edad”, que es como decir que le pasa a todos, que forman parte de un crecimiento normal , que por ser tan comunes no nos hacen diferentes, sino más bien nos hacen sentir iguales. Y eso provoca una gran seguridad, ser como todos, no disonar, es muy importante en algunos momentos.
Pero el tiempo pasa, no se detiene. Y las decisiones van creciendo en importancia; especialmente porque comprometen el futuro: estudios, profesión, pareja, vivir como pienso y para ello pensar cómo vivir. Y van surgiendo los dilemas: de las letras no se vive; en música sólo triunfan tres; prepara una buena oposición; si no lo intento ahora, ¿cuándo?; tú acaba la carrera y después haces lo que quieras; sólo se vive una vez; no dejes pasar tu oportunidad; cuando tenga trabajo entonces…. Este sí que se va convirtiendo en un momento crítico, las decisiones que tomemos estarán destinadas a dejarnos tranquilos, a contentar a los que están a nuestro lado, o a dar salida a nuestras convicciones más profundas.

La tentación de este tiempo es querer salvarlo todo. Nos gustaría ser astronautas, funcionarios y rastas caribeños a la vez, nos gustaría que nuestros sueños de éxito, de seguridad y de “ir de alternativos” pudiesen sobrevivir todos juntos. Y sin embargo no es posible. Tan sencillo y tan complicado: no es posible. Así que decídete, no se puede ser todo. Prolongar estos tiempos de vocaciones-múltiples sólo sirve para retrasar lo inevitable e impedirnos vivir a fondo las verdaderas opciones. Primero porque no se puede servir a dos señores. No optar, querer mantener todas las puertas abiertas, significa no profundizar en ninguna. Siempre habrá una excusa, santa y convincente, para no comprometerse del todo, para no asumir las consecuencias de los compromisos. Segundo, porque si es cierto que elegir es cerrar opciones, también es cierto que optar significa abrirnos a un nuevo mundo de posibilidades. Nos da miedo perder, pero no podemos olvidar que cuando optamos delante de nosotros se abre un nuevo horizonte que nos espera. Pero que nos espera enteros, no divididos, escindidos.
 Elegir, optar, no es sencillo pero o te anticipas, o te llevan. O tomas tú las decisiones (y asumes las consecuencias), o te dejas llevar por las situaciones, y aunque te quedará el consuelo de que siempre podrás echar la culpa a otros de lo que te pasa, no vivirás la experiencia profunda de ejercer la libertad.
 
Tomado de: www.pastoralsj.org

viernes, 19 de enero de 2018

Intercesores del Año Vocacional

Beatos mártires

Algo le faltaba a este Año Vocacional y ya lo tenemos: proponer para nuestra oración unos intercesores "especiales". Estos intercesores son los beatos Miguel Amaro, Tomás Cubells y José María Tarín. Tres sacerdotes que dejaron huella en la vida de nuestro Seminario y que el 13 de octubre de 2013, junto con otros 519 mártires de la persecución religiosa en España, eran declarados bienaventurados en la ciudad de Tarragona. Tres sacerdotes mártires cuyos nombres son ahora invocados en la Iglesia de León como intercesores del Año Pastoral Diocesano Vocacional para contar con “abundantes vocaciones”.
El jueves 18, aprovechando la Eucaristía abierta y la adoración eucarística vocacional, colocamos un cuadro con estas tres insignes figuras en la capilla del segundo piso.


BEATO MIGUEL AMARO RAMÍREZ
Nace en El Romeral (Toledo) el 8 de mayo de 1883; con dos años pierde a todos sus hermanos y su madre enloquece, por lo que tiene que ser acogido por su tía en Ciudad Real.
En el Seminario de Toledo se formó con un grupo selecto de alumnos, uno de ellos el que sería Director General de la Hermandad de Sacerdotes Operarios y fundador de las Discípulas de Jesús, beato Pedro Ruíz de los Paños. Los últimos cursos los realiza ya en Cuenca, donde es ordenado presbítero, en la Hermandad, en 1906. Su primer destino fue el Seminario de Toledo como prefecto y como administrador. Dejó una huella profunda en los sacerdotes de aquellas generaciones por su piedad, bondad y sencillez.

En 1913 quisieron nombrarle director del Colegio San José de Toledo, responsabilidad que declinó. Al curso siguiente quisieron hacerle padre espiritual del mismo y, de nuevo, rehusó por sentirse incapaz de echar sobre sus hombros cargas tan pesadas. Estando en 1926 en su nuevo destino, el Colegio San José  de Valencia, ya se sentía la amenaza de un odio creciente hacia la Iglesia. El 11 de mayo de 1931, D. Miguel envió a los seminaristas a sus casas y retiró el Santísimo de la capilla del colegio; una turba enfurecida entró poco después arrasándolo todo. El curso ya no pudo reanudarse.
En el curso 1931-1932, D. Miguel fue destinado al Seminario diocesano de León como rector. Trabajó siempre, con plena dedicación y entrega, y aún le quedaba tiempo, aprovechando las horas de clase, para atender a muchas personas en el confesionario. De hecho, cuando el beato Pedro Ruiz  le informó de sus proyectos para fundar la congregación de las Discípulas, fue él quien suscitó las primeras vocaciones de entre sus dirigidas espirituales.
Desde nuestro seminario viajó a Toledo para acompañar a D. Pedro en la fundación, pero el estallido de la guerra la hizo imposible. El 22 de julio de 1936 todos los sacerdotes operarios salieron del seminario y se ocultaron en las casas donde les quisieron acoger. Un bando advertía de que se mataría a todos los varones de las casas donde se estuviese ocultando a un sacerdote y las milicias registraban casa por casa. Para no comprometer al matrimonio que lo acogía, D. Miguel salió el 2 de agosto de 1936 e inmediatamente fue reconocido por un grupo que lo apresó. Lo fusilaron en el Paseo del Tránsito, donde solo diez días antes había sido martirizado D. Pedro Ruiz de los Paños.  En 1947 el cadáver de D. Miguel Amaro fue trasladado al mausoleo del Templo de Reparación de Tortosa con los demás sacerdotes operarios mártires.



BEATO TOMÁS CUBELLS MIGUEL
D. Tomás nació en Palma de Ebro (Tarragona) el 25 de octubre de 1867. Cursó los estudios
eclesiásticos en el seminario de Tortosa y fue ordenado sacerdote el 19 de mayo de 1894, ejerciendo como coadjutor de Mayals durante unos años.
En 1902 ingresa en la Hermandad de Sacerdotes Operarios Diocesanos. Trabaja pastoralmente en los colegios de Almería y Tortosa, además de ejercer como capellán en el Templo de Reparación de Tortosa. Después de un trabajo muy intenso, en diversos cargos, es enviado al Seminario de Astorga en 1906, hasta que tuvo que abandonar tras enfermar gravemente por el clima frío. Tras recuperarse en Murcia se ofrece para ser destinado a México, a donde finalmente consigue ir el 26 de octubre de 1908. Quería trabajar en el Templo Nacional Expiatorio para poder estar siempre cerca de su gran amor: Jesús en la Eucaristía. Su trabajo excesivo en la catedral, en el seminario de Cuernavaca y en muchas otras tareas, hicieron reaparecer su enfermedad y fue obligado a guardar reposo absoluto.
Finalmente regresa a España en agosto de 1912, siendo destinado como director espiritual de nuestro seminario diocesano de León, cargo que desempeñó durante tres cursos, hasta 1915. En León, D. Tomás se entregó con todas sus fuerzas, como siempre hacía, a la tarea que se le encomendaba, dirigiendo las jóvenes vocaciones hacia la santidad sacerdotal, así como a muchas otras personas que se beneficiaban de su profunda espiritualidad, marcadamente eucarística. A pesar de que el obispo de León pidió personalmente al superior de la Hermandad que no trasladara a D. Tomás, en 1915 fue destinado al seminario de Tarragona por cuatro cursos.
En 1919 pudo volver a su siempre añorado México para trabajar, ahora sí, en el Templo Expiatorio. Por no ser mexicanos, los cuatro sacerdotes operarios fueron expulsados del país y en 1926 llegaron a España. Don Tomás enfermó quedando prácticamente ciego, aunque aún trabajó en el Seminario de Zaragoza y como director espiritual en el Colegio San José de Burgos. Con ayuda de una lupa rezaba el breviario y preparaba las predicaciones pero, sobre todo, se consagró durante ese tiempo a la adoración eucarística y al acompañamiento espiritual.
En el curso 1935-1936, ya en Tortosa, los sacerdotes operarios tuvieron que despedir a los alumnos y abandonar el seminario porque la persecución religiosa se cernía sobre ellos. En los últimos días del mes de agosto, tras enterarse de que un bando amenazaba de muerte a todos los que protegieran a un sacerdote, D. Tomás, casi ciego, se hizo acompañar hasta el comité revolucionario y allí preguntó con serenidad: “¿Es aquí donde matan a los sacerdotes? Me han dicho que me buscáis. Aquí estoy”. En esa misma tarde, el 1 de septiembre del 36, fue martirizado en la cuneta de una carretera de Tortosa.

 

BEATO JOSE MARÍA TARÍN CURTO
Nace en Santa Bárbara (Tarragona) el 6 de febrero de 1892. Realizó los estudios eclesiásticos en el Colegio de San José de Tortosa. Recibió la ordenación sacerdotal en 1917 y ese mismo año ingresó en la Hermandad de Sacerdotes Operarios.
Ejerció de prefecto de colegiales durante un año en Tortosa, de prefecto y profesor en el seminario de Belchite y, durante cuatro años, de 1925 a 1928, fue prefecto y profesor en nuestro seminario de León. Después pasó por el seminario menor de Toledo y el mayor de Zaragoza.
Supo unir D. José –“Tarín”, como cariñosamente acostumbra­ban a llamarle los operarios– junto a una sólida piedad sacerdotal una permanente alegría, que cautivaba a cuantos le trataban. Fide­lísimo en el cumplimiento de sus deberes, sobresalió notablemen­te en la enseñanza de la lengua latina, en la que se acreditó, no só­lo entre los alumnos, sino aun entre sus compañeros profesores, co­mo un maestro extraordinario.
En el curso 1935-36, a finales de junio, se había trasladado a su pueblo natal a disfrutar de un merecido descanso. Cuando estalló la revolución, al ver que se desataba un odio furibundo a la Iglesia, dijo a los suyos: “¡Bien está todo! ¡Sería la ocasión de dar la vida por Cristo! ¡Qué dicha sería para mí si me mataran por ser sacerdote!”. Permaneció en su casa, juntamente con su tío sacerdote; se confesaban y se consolaban mutuamente.
Al ser apresado, mientras era arrastrado fuera de su casa, se despedía de su familia diciendo, con admirable serenidad: “¡Hasta el cielo!”. Para hacerles sufrir mayor escarnio les obligaron a atravesar la iglesia parroquial, profanada y convertida en centro sindical marxista. La multitud del pueblo se congregó en silencio y recibió la bendición de D. José María mientras era conducido por la plaza pública.
En el cementerio de Tortosa fue martirizado a la edad de 44 años el 28 de octubre de 1936. Sus restos fueron, posteriormente, llevados al mausoleo del Templo de Reparación de Tortosa.


 






Visita a las Carmelitas descalzas

Como ya sabéis, cada mes de este Año Pastoral Diocesano Vocacional hay una comunidad de clausura que intensifica su oración por las vocaciones sacerdotales. Este mes le corresponde a las Carmelitas Descalzas. El jueves 11 visitamos la comunidad, rezamos con ellas Vísperas, celebramos la Eucaristía y compartimos un agradable coloquio en locutorio.
Todos los que componemos la comunidad del Seminario sentimos que esta iniciativa de visitar estas comunidades está siendo muy enriquecedora. Además de conocerlas, al marcharnos siempre nos sentimos edificados y animados. Es un gran apoyo, no solo saber que hay tantas personas rezando por nuestra vocación y la de los que están por responderla, sino también poder poner cara a esas personas, conocerlas, escucharlas y, sin esfuerzo alguno de la voluntad, dejarse inspirar por su testimonio.
Por el contrario, es doloroso comprobar que la escasez de respuestas vocacionales afecta de una forma todavía más dura a las congregaciones e institutos religiosos. Así que hoy queremos invitaros y pediros que, sin dejar de orar por las vocaciones sacerdotales, oréis también por las vocaciones a la vida consagrada y religiosa.