lunes, 30 de abril de 2012

Jornada de Convivencia CSET (31 abril 2012)



Selección de fotos de la Jornada de Convivencia del Centro Superior de Estudios Teológicos (alumnos de ambos seminarios y algunos profesores), a los que se nos unieron 4 alumnos del Instituto Superior de Ciencias religiosas de León.
Visitamos el Museo de la Fauna salvaje de Valdehuesa, celebramos misa en la iglesia de Boñar y, tras la comida y la sobremesa, visitamos las Cuevas de Valporquero.

Froilán y Luís: diáconos al servicio del Evangelio

Ayer, IV domingo de Pascua, domingo del Buen Pastor, D. Julián López confirió el orden diaconal en la Santa Iglesia Catedral de León a nuestros hermanos seminaristas Luís y Froilán.





Sus funciones serán, desde este momento, predicar el Evangelio, asistir en el altar a la celebración de la Eucaristía, presidir las exequias, administrar los sacramentos del bautismo y el matrimonio, llevar la comunión a los enfermos y, de acuerdo a la tradición apostólica, ocuparse de los pobres y de las obras de caridad y misericordia.
¡ENHORABUENA!

lunes, 23 de abril de 2012

Grupo vocacional Mar adentro

Este sábado 21 de abril tocaba la reunión mensual del grupo vocacional en nuestro Seminario. Nos acompañaron Cesar, Andrés y Víctor.
El tema al que dedicamos la mañana fue reflexionar sobre el mensaje del Papa Benedicto XVI para la Jornada mundial de oración por las vocaciones 2012: "Las vocaciones, don de la caridad de Dios".
También reflexionamos sobre la vocación como busqueda del proyecto que da sentido a toda la vida, ayudados por este video musical que recomendaba la catequesis para adultos de la jornada:



También hubo tiempo, como cada encuentro, para el deporte y la convivencia.

sábado, 21 de abril de 2012

Mi testimonio vocacional

Os voy a contar una pequeña historia de porque decidí iniciarme en el ministerio sacerdotal. Cuando era pequeño, y mis padres me llevaban a misa los domingos, yo me decía, “otra vez tengo que aguantar a ese señor que esta media hora hablando y encima no entiendo nada”. Yo pensaba en salir de allí para jugar y divertirme. Pero con los años se va cogiendo madurez y también las enseñanzas de los catequistas te ayudan a comprender mejor los textos de los que habla el sacerdote. A base de que mis padres me persistieron en que cogiera buen hábito de las enseñanzas que me daban catequistas y amigos, me fui interesando por el tema de la Biblia y en lo que en ella decía.

Me hacia preguntas de porque hay tanta gente que no cree y cuales son sus motivos para no creer, mientras yo pensaba para mi: “como el nuevo testamento que se ha guardado cerca de 2000 años va a ser mentira” si lo piensas bien 2000 años comparado con la existencia de la vida en la tierra no es nada, además también me digo que durante tanto tiempo alguien se daría cuenta de que lo que pone en el libro no seria cierto. El caso es que yo empecé a leer la Biblia y en cada enseñanza que leía veía la verdad y que era cristo el que me la transmitía, por eso sentía la necesidad de hacer algo yo con esa inquietud de conseguir ayudar a los demás por medio de la palabra de Dios, mostrándoles que el esta hoy con nosotros y nos da fuerzas para cada día.

También yo buscaba por mi cuenta y encontraba muchos signos visibles que se pueden ver hoy en día por ejemplo la sabana santa de Turín o los milagros eucarísticos que ha habido, como el de Lanciano y que todo esto afianza nuestra fe. A parte de esto cunado ves que hay más gente como tú que tiene inquietudes por la palabra de Dios y ves todas las personas que se reúnen cada domingo en la iglesia mostrándote que no se han olvidado de que Él estuvo y está con nosotros, te da fuerzas para seguir a delante y ver que no estas solo y que nunca los has estado, porque para acercarte al Señor tienes que ir con confianza aunque siempre exista ese pequeño temor o nerviosismo pero si confías en Él, te dará fuerzas en tu camino.

Cesar Valbuena Gómez

jueves, 19 de abril de 2012

Mensaje de Benedicto XVI en la XLIX Jornada Mundial Oración por las Vocaciones


Queridos hermanos y hermanas

La XLIX Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones, que se celebrará el 29 de abril de 2012, cuarto domingo de Pascua, nos invita a reflexionar sobre el tema: Las vocaciones don de la caridad de Dios.

La fuente de todo don perfecto es Dios Amor -Deus caritas est-: «quien permanece en el amor permanece en Dios y Dios en él» (1 Jn 4,16). La Sagrada Escritura narra la historia de este vínculo originario entre Dios y la humanidad, que precede a la misma creación. San Pablo, escribiendo a los cristianos de la ciudad de Éfeso, eleva un himno de gratitud y alabanza al Padre, el cual con infinita benevolencia dispone a lo largo de los siglos la realización de su plan universal de salvación, que es un designio de amor. En el Hijo Jesús –afirma el Apóstol– «nos eligió antes de la fundación del mundo para que fuésemos santos e irreprochables ante Él por el amor» (Ef 1,4). Somos amados por Dios incluso “antes” de venir a la existencia. Movido exclusivamente por su amor incondicional, él nos “creó de la nada” (cf. 2M 7,28) para llevarnos a la plena comunión con Él.

Lleno de gran estupor ante la obra de la providencia de Dios, el Salmista exclama: «Cuando contemplo el cielo, obra de tus dedos, la luna y las estrellas que has creado, ¿qué es el hombre para que te acuerdes de él, el ser humano, para que te cuides de él?» (Sal 8,4-5). La verdad profunda de nuestra existencia está, pues, encerrada en ese sorprendente misterio: toda criatura, en particular toda persona humana, es fruto de un pensamiento y de un acto de amor de Dios, amor inmenso, fiel, eterno (cf. Jr 31,3). El descubrimiento de esta realidad es lo que cambia verdaderamente nuestra vida en lo más hondo. En una célebre página de las Confesiones, san Agustín expresa con gran intensidad su descubrimiento de Dios, suma belleza y amor, un Dios que había estado siempre cerca de él, y al que al final le abrió la mente y el corazón para ser transformado: «¡Tarde te amé, Hermosura tan antigua y tan nueva, tarde te amé! Y tú estabas dentro de mí y yo afuera, y así por fuera te buscaba; y, deforme como era, me lanzaba sobre estas cosas hermosas que tú creaste. Tú estabas conmigo, más yo no estaba contigo. Reteníanme lejos de ti aquellas cosas que, si no estuviesen en ti, no existirían. Me llamaste y clamaste, y quebrantaste mi sordera; brillaste y resplandeciste, y curaste mi ceguera; exhalaste tu perfume, y lo aspiré, y ahora te anhelo; gusté de ti, y ahora siento hambre y sed de ti; me tocaste, y deseé con ansia la paz que procede de ti» (X, 27,38). Con estas imágenes, el Santo de Hipona intentaba describir el misterio inefable del encuentro con Dios, con su amor que transforma toda la existencia.

Se trata de un amor sin reservas que nos precede, nos sostiene y nos llama durante el camino de la vida y tiene su raíz en la absoluta gratuidad de Dios. Refiriéndose en concreto al ministerio sacerdotal, mi predecesor, el beato Juan Pablo II, afirmaba que «todo gesto ministerial, a la vez que lleva a amar y servir a la Iglesia, ayuda a madurar cada vez más en el amor y en el servicio a Jesucristo, Cabeza, Pastor y Esposo de la Iglesia; en un amor que se configura siempre como respuesta al amor precedente, libre y gratuito, de Dios en Cristo» (Exhort. ap. Pastores dabo vobis, 25). En efecto, toda vocación específica nace de la iniciativa de Dios; es don de la caridad de Dios. Él es quien da el “primer paso” y no como consecuencia de una bondad particular que encuentra en nosotros, sino en virtud de la presencia de su mismo amor «derramado en nuestros corazones por el Espíritu» (Rm 5,5).

En todo momento, en el origen de la llamada divina está la iniciativa del amor infinito de Dios, que se manifiesta plenamente en Jesucristo. Como escribí en mi primera encíclica Deus caritas est, «de hecho, Dios es visible de muchas maneras. En la historia de amor que nos narra la Biblia, Él sale a nuestro encuentro, trata de atraernos, llegando hasta la Última Cena, hasta el Corazón traspasado en la cruz, hasta las apariciones del Resucitado y las grandes obras mediante las que Él, por la acción de los Apóstoles, ha guiado el caminar de la Iglesia naciente. El Señor tampoco ha estado ausente en la historia sucesiva de la Iglesia: siempre viene a nuestro encuentro a través de los hombres en los que Él se refleja; mediante su Palabra, en los Sacramentos, especialmente la Eucaristía» (n. 17).

El amor de Dios permanece para siempre, es fiel a sí mismo, a la «palabra dada por mil generaciones» (Sal 105,8). Es preciso por tanto volver a anunciar, especialmente a las nuevas generaciones, la belleza cautivadora de ese amor divino, que precede y acompaña: es el resorte secreto, es la motivación que nunca falla, ni siquiera en las circunstancias más difíciles.

Queridos hermanos y hermanas, tenemos que abrir nuestra vida a este amor; cada día Jesucristo nos llama a la perfección del amor del Padre (cf. Mt 5,48). La grandeza de la vida cristiana consiste en efecto en amar “como” lo hace Dios; se trata de un amor que se manifiesta en el don total de sí mismo fiel y fecundo. San Juan de la Cruz, respondiendo a la priora del monasterio de Segovia, apenada por la dramática situación de suspensión en la que se encontraba el santo en aquellos años, la invita a actuar de acuerdo con Dios: «No piense otra cosa sino que todo lo ordena Dios. Y donde no hay amor, ponga amor, y sacará amor» (Epistolario, 26).

En este terreno oblativo, en la apertura al amor de Dios y como fruto de este amor, nacen y crecen todas las vocaciones. Y bebiendo de este manantial mediante la oración, con el trato frecuente con la Palabra y los Sacramentos, especialmente la Eucaristía, será posible vivir el amor al prójimo en el que se aprende a descubrir el rostro de Cristo Señor (cf. Mt 25,31-46). Para expresar el vínculo indisoluble que media entre estos “dos amores” –el amor a Dios y el amor al prójimo– que brotan de la misma fuente divina y a ella se orientan, el Papa san Gregorio Magno se sirve del ejemplo de la planta pequeña: «En el terreno de nuestro corazón, [Dios] ha plantado primero la raíz del amor a él y luego se ha desarrollado, como copa, el amor fraterno» (Moralium Libri, sive expositio in Librum B. Job, Lib. VII, cap. 24, 28; PL 75, 780D).

Estas dos expresiones del único amor divino han de ser vividas con especial intensidad y pureza de corazón por quienes se han decidido a emprender un camino de discernimiento vocacional en el ministerio sacerdotal y la vida consagrada; constituyen su elemento determinante. En efecto, el amor a Dios, del que los presbíteros y los religiosos se convierten en imágenes visibles –aunque siempre imperfectas– es la motivación de la respuesta a la llamada de especial consagración al Señor a través de la ordenación presbiteral o la profesión de los consejos evangélicos. La fuerza de la respuesta de san Pedro al divino Maestro: «Tú sabes que te quiero» (Jn 21,15), es el secreto de una existencia entregada y vivida en plenitud y, por esto, llena de profunda alegría.

La otra expresión concreta del amor, el amor al prójimo, sobre todo hacia los más necesitados y los que sufren, es el impulso decisivo que hace del sacerdote y de la persona consagrada alguien que suscita comunión entre la gente y un sembrador de esperanza. La relación de los consagrados, especialmente del sacerdote, con la comunidad cristiana es vital y llega a ser parte fundamental de su horizonte afectivo. A este respecto, al Santo Cura de Ars le gustaba repetir: «El sacerdote no es sacerdote para sí mismo; lo es para vosotros»(Le curé d’Ars. Sa pensée – Son cœur, Foi Vivante, 1966, p. 100).

Queridos Hermanos en el episcopado, queridos presbíteros, diáconos, consagrados y consagradas, catequistas, agentes de pastoral y todos los que os dedicáis a la educación de las nuevas generaciones, os exhorto con viva solicitud a prestar atención a todos los que en las comunidades parroquiales, las asociaciones y los movimientos advierten la manifestación de los signos de una llamada al sacerdocio o a una especial consagración. Es importante que se creen en la Iglesia las condiciones favorables para que puedan aflorar tantos “sí”, en respuesta generosa a la llamada del amor de Dios.

Será tarea de la pastoral vocacional ofrecer puntos de orientación para un camino fructífero. Un elemento central debe ser el amor a la Palabra de Dios, a través de una creciente familiaridad con la Sagrada Escritura y una oración personal y comunitaria atenta y constante, para ser capaces de sentir la llamada divina en medio de tantas voces que llenan la vida diaria. Pero, sobre todo, que la Eucaristía sea el “centro vital” de todo camino vocacional: es aquí donde el amor de Dios nos toca en el sacrificio de Cristo, expresión perfecta del amor, y es aquí donde aprendemos una y otra vez a vivir la «gran medida» del amor de Dios. Palabra, oración y Eucaristía son el tesoro precioso para comprender la belleza de una vida totalmente gastada por el Reino.

Deseo que las Iglesias locales, en todos sus estamentos, sean un “lugar” de discernimiento atento y de profunda verificación vocacional, ofreciendo a los jóvenes un sabio y vigoroso acompañamiento espiritual. De esta manera, la comunidad cristiana se convierte ella misma en manifestación de la caridad de Dios que custodia en sí toda llamada. Esa dinámica, que responde a las instancias del mandamiento nuevo de Jesús, se puede llevar a cabo de manera elocuente y singular en las familias cristianas, cuyo amor es expresión del amor de Cristo que se entregó a sí mismo por su Iglesia (cf. Ef 5,32). En las familias, «comunidad de vida y de amor» (Gaudium et spes, 48), las nuevas generaciones pueden tener una admirable experiencia de este amor oblativo. Ellas, efectivamente, no sólo son el lugar privilegiado de la formación humana y cristiana, sino que pueden convertirse en «el primer y mejor seminario de la vocación a la vida de consagración al Reino de Dios» (Exhort. ap. Familiaris consortio,53), haciendo descubrir, precisamente en el seno del hogar, la belleza e importancia del sacerdocio y de la vida consagrada. Los pastores y todos los fieles laicos han de colaborar siempre para que en la Iglesia se multipliquen esas «casas y escuelas de comunión» siguiendo el modelo de la Sagrada Familia de Nazaret, reflejo armonioso en la tierra de la vida de la Santísima Trinidad.

Con estos deseos, imparto de corazón la Bendición Apostólica a vosotros, Venerables Hermanos en el episcopado, a los sacerdotes, a los diáconos, a los religiosos, a las religiosas y a todos los fieles laicos, en particular a los jóvenes que con corazón dócil se ponen a la escucha de la voz de Dios, dispuestos a acogerla con adhesión generosa y fiel.

Vaticano, 18 de octubre de 2011

BENEDICTO XVI

martes, 17 de abril de 2012

29 de abril: Ordenación de dos diáconos

Os anunciamos una noticia muy alegre para la comunidad del Seminario y para toda la Iglesia de León: el próximo domingo 29 de abril, coincidiendo con la Jornada Mundial de Oración por las vocaciones, nuestro obispo D. Julián ordenará diáconos a Luis y Froilán, seminaristas que ya están realizando el año de aprendizaje pastoral, tras haber terminado sus años de formación académica.
Ellos esperan con muchísima ilusión este gran regalo que el Señor Resucitado les concede, como paso previo a su ordenación sacerdotal.

Os esperamos a todos en la Catedral el domingo 29 a las 6 de la tarde para celebrar con nosotros este alegre acontecimiento de gracia.

Y no os olvidéis de rezar por ellos durante estos días, que van a comenzar sus ejercicios espirituales de preparación.

lunes, 9 de abril de 2012

Triduo Pascual en la zona de Luna

En verdad ha resucitado el Señor, aleluya. A él la gloria y el poder por toda la eternidad.

Amigos blogueros:
¡Feliz Pascua de Resurrección! Quiero compartir con vosotros la experiencia que hemos tenido durante el Triduo Pascual los Seminaristas del Seminario Conciliar de León.
Estos días han sido realmente especiales para nosotros, no sólo porque en ellos hemos celebrado la Pasión, Muerte y Resurrección del Señor, sino también porque a lo largos de estos 3-4 días hemos podido compartir nuestra fe en diversas parroquias de la diócesis.
Santos y un humilde servidor, Jorge J., nos hemos trasladado a la zona de «Luna», concretamente a las parroquias que atiende nuestro Rector: Barrios de Luna, Garaño, Vega de los Caballeros, Mora de Luna, Mallo, Portilla de Luna e Irede. Allí debido al número de celebraciones que en estos días tienen lugar y a la falta de sacerdotes hemos acompañado a los fieles de dichas parroquias a vivir lo que la Iglesia nos recuerda: que Cristo murió y resucitó por nosotros.
Fueron días realmente intensos, pero a la vez especiales. Salíamos pronto del Seminario para poder llegar a la hora, pues hasta llegar a nuestro destino nos esperaban varios kilómetros. Allí, bien al principio o al final, celebrábamos la Eucaristía o la Pasión del Señor (Jueves- Viernes y Domingo) con una comunidad para después encaminarnos los seminaristas ya independientemente a las parroquias donde hacíamos una “Celebración de la Palabra”. El sábado, por ser un día tan especial, nos reunimos únicamente en una parroquia, Vega de los Caballeros, para celebrar la gran Vigilia.
He de confesar que la cercanía de la gente, el cariño que en todo momento nos mostraron y el agradecimiento por haberles otorgado el poder reunirse en comunidad, escuchar la Palabra de Dios y recibir el Cuerpo de Cristo fue inmenso.
A la luz de lo vivido uno se estremece y se da cuenta del gran regalo que Dios nos ha hecho al sentirnos vocacionados, pues sin duda alguna se trata de una tarea apasionante, además de muy comprometedora. El poder anunciar a los demás nuestra propia experiencia de fe a la vez de trasmitirles el amor que Dios nos tiene es algo maravilloso y ante lo cual uno se siente muy pequeño. El compartir con la gente el emocionado momento en que la Iglesia rememora la muerte de Nuestro Señor, la alegría de la Resurrección en la Noche Santa y el vínculo de sentirnos hijos de un mismo Padre nos ha hecho interrogarnos respecto a nuestras vidas: «¿en verdad Señor vivo como un don mi vocación?».
Desde este post quiero agradecer a todos los fieles de las citadas parroquias la acogida que nos han brindado, pues gracias a vosotros hemos podido vivir más intensamente esta Semana Santa.

Jorge Juan

sábado, 7 de abril de 2012

viernes, 6 de abril de 2012

Viernes Santo: el Amor más grande...

Triduo Pascual

En estos días el Seminario San Froilán, formadores y seminaristas, nos dedicamos a ayudar a las diferentes comunidades rurales que nos han encomendado a celebrar los días santos del Triduo Pascual.
Que podamos unirnos de corazón a la Cruz Salvadora de Jesús para llegar con él, y con nuestros hermanos al gozo de la resurrección.
¡Feliz y provechoso Triduo Pascual!