lunes, 5 de marzo de 2012

Carta de nuestro Obispo para el Día del Seminario

PASIÓN POR EL EVANGELIO, PASIÓN POR EL SEMINARIO
Ante el Día del Seminario (19-III-2012)

Queridos diocesanos:

La solemnidad de San José, Esposo de la Virgen María y Custodio del Redentor, nos trae la Jornada eclesial del Seminario. El hombre justo, silencioso y dispuesto como Abrahán a secundar los planes de Dios, nos da a todos ejemplo de fe íntegra y de esperanza contra toda esperanza. Necesitamos la apertura de alma a los designios divinos y la confianza tenaz de San José para avanzar en el itinerario cuaresmal y, muy especialmente, para atravesar el prolongado desierto de la sequía de vocaciones al ministerio sacerdotal que afecta a diócesis como la nuestra, tan abundante en ellas en tiempos no muy lejanos.

Aunque no faltan estímulos para superar la tentación del desánimo o del derrotismo -ahí tenemos la referencia a la JMJ de Madrid 2011 y los días en la diócesis- es posible que estemos más o menos conscientemente arrojando la toalla y renunciando a buscar nuevos caminos para suscitar vocaciones al ministerio sacerdotal. Hubo un tiempo en que estas se despertaban preferentemente en los niños que querían imitar al cura de su pueblo o al padre N. de su colegio. Hoy surgen en el ámbito de la pastoral juvenil y universitaria. Pero es imprescindible convocar, interpelar, proponer y acompañar. ¿Por qué no se hace? ¿No es también una coyuntura favorable el hecho de que en la dedicación al ministerio sacerdotal no existe el paro? ¿Acaso no es una forma muy digna de realizarse como persona el optar por el servicio misionero o sacerdotal? ¿No dicen algunas encuestas que el sacerdocio es la profesión más feliz del mundo? ¿O es que creemos que tienen razón los que, generalizando de manera descarada, atribuyen a los millares de sacerdotes fieles, los fallos de unos pocos? ¿Es que solamente hay obstáculos y dificultades en el ámbito de ministerio presbiteral?

Creo que la clave está en la disponibilidad para asumir una identidad personal con todas las consecuencias, como la del médico que se va a ejercer en los pueblos más desfavorecidos del planeta o el periodista que no teme ir en busca de la noticia en países en conflicto. Esto se llama pasión por un ideal que afecta al ser y que está por encima del hacer cosas o del tener dinero o del deslumbrar. El lema de este año para el Día del Seminario habla de pasión por el Evangelio. Esta es la clave, la pasión, el deseo incontenible pero consciente y encauzado, no ciego o irracional, que tenía San Pablo cuando escribía: “Nos apremia el amor de Cristo” (2 Cor 5, 14). Una especie de fiebre que enciende el ánimo y comprime el corazón del apóstol impidiéndole pensar en otra cosa o entregarse a otro afán que no sea anunciar el Evangelio y gastarse y desgastarse en dar a conocer a Jesucristo y llevar a los hombres al encuentro con Él.

Pero esta pasión que sin duda ha de tener todo evangelizador y especialmente el presbítero, requiere en nosotros, los ya sacerdotes, la pasión por el Seminario, con las mismas características de la pasión por el Evangelio señaladas antes. La crisis vocacional es crisis de amor al sacerdocio y de amor al Seminario, crisis de entusiasmo y crisis de la misión asumida un día. Por eso hacen falta corazones que digan como el propio Señor: “He venido a prender fuego a la tierra, ¡y cuánto deseo que ya esté ardiendo!” (Lc 12, 49). El Día del Seminario es ocasión para rezar y para colaborar con esta institución diocesana, pero es sobre todo motivo para avivar el ardor de la propia vocación y la respuesta a los retos de la nueva evangelización.

Con mi cordial saludo y bendición:

+ Julián, Obispo de León