jueves, 19 de noviembre de 2015

Y Dios lo puso en mi vida

Experiencia vocacional y mediación de un sacerdote


El curso pasado escribí un artículo en la revista del Seminario titulado “Hágase en mi según tu palabra” (enlace a revista de 2015). Este de ahora podría considerarse una continuación de aquel, aunque tiene una intención mucho más especial y significativa para mí: reconocer a un sacerdote extraordinario y la huella que ha dejado en mi vida.
Como decía aquel título, siento que Dios siempre ha estado presente en mi vida y estoy profundamente convencido de que no sólo en la mía, sino en la de todos y cada uno los seres humanos (aunque respeta la influencia que le dejamos tener y algunos no le dejan ninguna), pero de forma significativa en la de algunos. Estos algunos son los que él ha llamado y está llamando a una misión especial. Yo soy uno de estos y quizás tú, que lees estas líneas, también lo seas.
Nos recuerda de vez en cuando el Director Espiritual del Seminario que “Dios no elige a los preparados, sino que prepara a los elegidos” y, de esa forma que sólo él sabe llevar a cabo, no nos deja escapar, pero tampoco nos presiona; nos va conformando sin que nos demos cuenta, creyendo que elegimos nuestro camino, pero él nos vigila, nos cuida desde muy cerca y nos va llevando a donde quiere. Como nos conoce mejor que nadie en esta vida sabe bien qué o a quién nos tiene que poner delante para que, llegado el momento, demos el paso y podamos responder con convicción y firmeza: “aquí estoy, Señor”. Son las mediaciones: situaciones, palabras o personas de las que Dios se sirve para llamar nuestra atención y cautivar nuestro corazón.
En mi vida ha habido muchas mediaciones, el Señor ha llamado a mi puerta insistentemente y, aún después de escucharle por primera vez, no le hacía caso; o, cuando ya le abrí la puerta, le decía “no” o “espera”. Hasta que puso en mi vida una mediación a la que ya no pude resistirme, que hizo que cayeran todos mis muros, que sopló y se llevó las nubes que no me dejaban ver la luz de Cristo y de la Iglesia, que me dio el ejemplo que nadie me había dado antes, que me cautivó y se ganó mi respeto y admiración profundos, que me lleva a las lágrimas ahora que le recuerdo y escribo sobre él, la persona que me hizo entender que era Dios quien me llamaba: D. Santiago Lozano Reyero.
No puedo siquiera intentar describirlo pues toda palabra o imagen que mi limitada destreza me permitiera, se me antoja insuficiente. Todo lo que puedo hacer es tratar de describir el océano de gratitud que desborda mi interior, hacia el Señor y hacia D. Santiago, la divina imagen que me ha dejado del sacerdocio, el dorado cemento con el que ha reforzado la piedra angular de mi vida cristiana, pero sobre todo, la inspiración y motivación que suponen el haber estado cerca, el poder llamar amigo a quien considero la persona más bella, con las virtudes más excelsas del ser humano desarrolladas en el mayor grado, que jamás me he encontrado. No existen palabras que puedan expresar lo que siento y quiero manifestar, que hagan un justo reconocimiento a D. Santiago.
Para terminar, a ti, que lees estas líneas, si has llegado hasta aquí he de hacerte notar que, si Dios te está llamando para una misión especial, aunque ahora mismo ni siquiera le oigas, aunque creas que jamás caerás en estas “cosas de curas”, algo o alguien, un “D. Santiago”, llegará que hará cambiar tu opinión y tu disposición. En mi caso fue D. Santiago, ¿qué o quién será en el tuyo? Sólo Dios lo sabe, déjate sorprender.
Adrián Glez. Villanueva
Seminarista