domingo, 4 de diciembre de 2011

Sacerdotes y bomberos, felices.

 Tomamos prestada esta bonita reflexión del blog de Jesús Manleón, poeta y cura :

Leo la noticia y sonrío. Me pone contento. Según un estudio realizado en la Universidad de Chicago, el trabajo del sacerdote es considerado en el mundo como el empleo más feliz. Luego viene el de bombero. Yo, que soy sacerdote, vuelvo a sonreírme por la coincidencia. La principal o una de las principales labores de los bomberos es apagar incendios. Vaya, en eso hay alguna similitud: también a nosotros nos toca apagar algunos fuegos... La felicidad de los esforzados trabajadores de la escalera y la manguera se basa, según ellos, en que con su trabajo “ayudan a la gente”. Aquí, sí, la coincidencia, en distinto escenario, cuadra.

La noticia –sigo sonriendo- me obliga a preguntarme si soy feliz. Me lo pienso sólo un instante. Sinceramente, sí. Una de las claves –no la única- consiste en saber que la felicidad, en este mundo, es limitada. No se puede sentir uno bien todo el tiempo ni con el máximo de intensidad. Esta afirmación parece baladí, pero no lo es si se tiene en cuenta que hay quien acude instancias como el alcohol o la droga dura para alcanzar el “éxtasis” y, si posible fuera, para permanecer en él. Obviamente, es un procedimiento contrario a la naturaleza que a la larga, lejos de proporcionar la felicidad, la destruye. Se hace esencial, pues, la sabiduría de saberse limitado para sentirse feliz. Pretender desordenadamente “el todo” es un principio de infelicidad.

Soy razonablemente feliz. Tengo fe en Dios, confío en Él. Me siento querido. Tengo una salida en Él ante cualquier circunstancia. Cuento con la compañía y el afecto de gente cercana. Vivo mi fe con la comunidad. Yo les ayudo y ellos me ayudan. Cualquier vida larga como la mía ha tenido que apechar con algún trago amargo. Por otro lado, a un seguidor de Jesús no le suele faltar algún modo de persecución o desafecto. Pero, gracias a Dios, mi temperamento no me lleva a la paranoia o a la manía persecutoria. Y, en cambio, te encuentras también con muchos que te aceptan, casi incondicionalmente, porque participan de tu misma fe. “Nada humano me es ajeno”. La fe, a menudo laboriosa, no nos hace superhombres ni supernada. No nos resuelve mágicamente los problemas, ni nos saca del mundo, ni nos lleva a vivir bobaliconamente con los ojos cerrados. La fe y sus beneficios no nos transportan a las nubes... Pero, qué demonios, vuelvo a recordar la noticia y sonrío... Mira por dónde, elegí una de las profesiones más felices. La más feliz, según esos investigadores de la Universidad de Chicago.

No sé si la encuesta será muy rigurosa, pero no tengo motivos para dudar de ella. Y yo, pobre de mí, ya me he apuntado a ese cien por cien de “empleados” con suerte...