miércoles, 14 de marzo de 2012

El desafío de una vida: ante el Día del Seminario

Con motivo de la fiesta de San José, esposo de María, en muchas diócesis se celebra el “Día del Seminario”. Ya sea en grandes edificios o en una sencilla casa parroquial, los aspirantes al sacerdocio ministerial tratan de prepararse con fe a recibir de la Iglesia la estupenda misión de tender puentes entre Dios y los hombres.
Conocemos algunas diócesis en las que un paciente trabajo con universitarios y jóvenes profesionales está produciendo sus frutos. Son unos seminaristas de este siglo, solidarios con el mundo en el que viven y conocedores del mensaje del Evangelio que han de anunciar con su palabra y con su vida entera.
En este año no podemos olvidar la misa que, durante la Jornada Mundial de la Juventud, Benedicto XVI celebró para los seminaristas en catedral de la Almudena de Madrid. Aquel sábado 20 de agosto, la catedral era, según él, como “un inmenso cenáculo donde el Señor celebraba con deseo ardiente su Pascua con quienes anhelaban presidir en su nombre los misterios de la salvación”.
Así fue al principio y así será siempre. La vinculación entre la última cena de Jesús y la celebración diaria de sus misterios da sentido a toda la vida del sacerdote y alienta la esperanza de los seminaristas, llamados a ser “apóstoles con Cristo y como Cristo, para ser compañeros de viaje y servidores de los hombres”.
Esa llamada gratuita de Dios a trabajar en su viña y apacentar su rebaño orienta la vida de los seminaristas y genera unas actitudes, que el Papa resumía en unos puntos muy concretos:

• Imitar al Señor en su caridad hasta el extremo para con todos, sin rehuir a los alejados y pecadores, y estando muy cerca de los enfermos y de los pobres, con sencillez y generosidad.

• Afrontar este reto sin complejos ni mediocridad, para realizar la vida humana en gratuidad y en servicio, siendo testigos de Dios hecho hombre, mensajeros de la dignidad de la persona y sus defensores incondicionales.

• No dejarse intimidar por un entorno en el que se pretende excluir a Dios y en el que el poder, el tener y el placer son los principales criterios de la existencia.
Evocando el lema de la Jornada Mundial de la Juventud, añadía el Papa: “Será entonces cuando una vida hondamente enraizada en Cristo se muestre realmente como una novedad y atraiga con fuerza a quienes de veras buscan a Dios, la verdad y la justicia”. La fidelidad a la propia vocación tiene que resultar atrayente en nuestro mundo.
Sobre ese ideal ha vuelto el Papa recientemente en una reflexión espontánea, el 15 de febrero de este año 2012. Dirigiéndose a sus seminaristas de Roma, los invitaba a vivir no en la apariencia, sino en la verdad que nos da la libertad y les proponía el ideal del no conformismo cristiano, que nos redime y nos restituye a la verdad.
Evidentemente, estas propuestas para los seminaristas de hoy constituyen un verdadero desafío, osado y arriesgado como pocos, pero fascinante y lleno de esperanza.


José-Román Flecha Andrés